Un río en la urbe, la ubre en el río.

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“Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrerías y los loteadores de paraísos y nirvanas, también yo he de sentarme de espaldas al río, frente a las escalinatas plagadas de creyentes y obsedidas por dioses vivos y muertos……”

El sueño de las escalinatas. Jorge Zalamea.

El agua.

Se dice el agua blanca, rica, bonita, contaminada, fresca, lejana, siempre en femenino el adjetivo, pero con un artículo macho antecediéndola en masculino: el y no la, antecediéndolo. La observación sobre la no masculinidad del agua, o sea, (espantosa expresión oral contemporánea) sobre su feminidad, la hacía Florance Thomas hace algún tiempo, en el tercer encuentro mundial de ríos. El agua es sustantiva. El agua no es sustantivo.

El agua clara, el agua sucio, algunos colores no tienen femenino, como azul y verde, café es un grano, femenino es masculino, “DEL ROJO AL VERDE, TODO EL AMARILLO MUERE”,  Mallarme.

El agua debe ser alegre y ausente sin depresiones y malos sueños, “ESTE PIANO VIAJA PARA ADENTRO, VIAJA A SALTOS ALEGRES”, Cesar Vallejo, saltos como del agua de Dios, como golpes de agua, bendita.

¡Qué agua tan chimba!, si dijéramos: ¡qué agua tan chimbo!, seguramente no podríamos beberla, se puede admitir que es mejor y que es mujer el agua femenina, el agua asociada al sexo de mujer y alejado del sexo masculino, del macho cabrío, ¿ella pensaría así? Ella, la agua blanca y antes transparente, ahora la agua sucia.

En esta confusión lingüística, esta ambigüedad seguramente da cuenta de la mirada que tiene la especie humana sobre el agua, acerca del agua, para no verla y no darle su valor simbólico, poético y  espirituoso, seguramente femenino. Y muy especialmente para contaminarla, contaminar los ríos y contaminar las aguas, nunca, contaminar los aguas.

¿Sería una ventaja que el agua fuera femenina?, Si definiéramos de manera clara el género del agua o de la agua, podría estar peor la cosa.

El río Bogotá ha venido en franco deterioro, pese a los esfuerzos que parecen más bien inútiles, que efectivos y prometedores. Solo basta navegar sus putrefactas aguas, sus negras y pestilentes aguas, aguas que reflejan de manera irónica nuestra medida de civilidad y civilización, para quedar desconcertados  y sorprendidos, descubriendo  el comportamiento y relación, de los habitantes de la ciudad, empresarios, industriales y  especialmente, entidades del estado, con el agua. El río Bogotá es el fiel reflejo de nuestro comportamiento ciudadano; y del estado, el reflejo del comportamiento de los sucesivos gobiernos, pasados y presentes.

Hay una falta de visión que asombra, una falta de inteligencia que sorprende y una falta de consideración que molesta. Hay un delito que cometen todos los contaminadores, unos por acción, los que vierten los venenos y tóxicos a sus aguas y otros por omisión, los que permiten que esto suceda, que lleguen los venenos y tóxicos  a sus aguas.

Basta solamente con conocer la magnitud y cantidad de los procesos judiciales que se adelantan en los tribunales, para entender el tamaño del problema, aunque solo algunas acciones populares, prometen algo bueno, pero de manera incierta.

Nada garantiza que mientras avanzan las acciones judiciales, las apelaciones, las demandas y las contra demandas, la contratación de costosísimos abogados para atacar y defender y volver a apelar y a contra demandar, a acusar y recusar, nada garantiza que mientras estas cosas suceden, el río Bogotá obtenga una mínima mejoría, un pequeño beneficio.

En derecho lo negro es blanco y lo banco es negro, se trata de una finísima ilusión acuarimántima. Si la salud del río se midiera por la cantidad de estudios y procesos judiciales, el río estaría bien o por lo menos mejorando. Si el trabajo de las diferentes entidades, que tienen responsabilidad frente al río y son muchísimas, fuera eficiente, el río estaría en buenas condiciones, o por lo menos mejorando. Si los industriales tuvieran un buen sentimiento y preocupación, más allá del retorno de la inversión, por el estado del río, este estaría en buenas condiciones, estaría mejorando. Si las autoridades  fueran verdaderas autoridades, el río estaría en orden y con buen estado de salud y estaría mejorando. 

Si el Consejo de Estado atendiera con premura, como se lo ordena muy seguramente la ley, todas las  apelaciones interpuestas a  los fallos, el río Bogotá tendría más posibilidades de volver a ser un río y el río estaría mejorando, pero no, el río lleva mucho tiempo empeorando y sigue empeorando y seguramente empeorará más y jamás podremos volver a bañarnos en él desnudos, ni podremos navegarlo más. Las altas cortes qué piensan de esto, qué río tienen en su memoria, cómo sostener la memoria del agua.

El caso del río Bogotá está en emergencia ambiental y ecológica y debe dársele prioridad estratégica para no terminar siendo negligente ante la historia, ante los dioses protectores de semejante maravilla que es el agua, el agua limpia, la agua limpia, en definitiva de la vida misma.

Alguien tiene que estarse beneficiando mientras el río sigue envenenado. ¿A quién le interesa este caos del agua?, ¿Quién pesca en río revuelto y contaminado?

Podemos decir que la competitividad de una ciudad moderna, se mide por la calidad de sus aguas y el estado de salud de su río, en las ciudades que tengan el privilegio de tener uno. ¿Un río sano es un valor agregado para una sociedad, es un elemento competitivo, si esto es verdad, entonces……? El valor negro agregado, el valor agregado negativo del río Bogotá es su contaminación. El valor agregado de una botella de agua es que su envase no sea retornable y que quede como basura en el agua o en la tierra.

La Fundación Al Verde Vivo ha venido conociendo este problema y fenómeno, desde hace más de 10 años, realizando varias navegaciones, recorridos  y sobrevuelos, con el propósito de conocer y dar a conocer; de poner en la mesa el problema, verlo, dimensionarlo y promover la decisión de iniciar un proceso complejo para su recuperación y de crear y desarrollar soluciones complejas. 

Estamos hablando del agua para  una ciudad de más de 7.000.000 de habitantes. Y llegarán más desplazados, porque crecerá la guerra, como en otra época crecían las audiencias frente a las escalinatas. Es posible que se revierta la situación y los habitantes de Bogotá nos veamos en la obligación de desplazarnos afuera,  buscando con añoranza el archipiélago vertical, acercándonos al mar y alejándonos de la montaña, del páramo en donde nace el agua y vive el señor aguacero. Solo a los bárbaros, sin visión de tiempo, se les ocurrió fundar una ciudad a los 2.600 msnm y el páramo les cobró de que manera.  Esto ha empezado mal.

La falta de control permanente del cuerpo físico, la falta de información y de intervención, contribuyen en mucho a la contaminación como carga social y cultural, que hace más grave el problema de la ecología del río.

El río Bogotá se encuentra abandonado a su suerte, abandono producto de la irresponsabilidad del estado, de la indiferencia social y de la ignorancia de las fuerzas económicas, que  buscan afanosamente el retorno de la inversión en el cortísimo plazo, negando cualquier posibilidad de respeto a los  derechos ambientales, que se cruzan, enredan y entrelazan con los derechos humanos, como lo es, muy especialmente, el derecho al agua de todos los habitantes del planeta; el derecho al agua como bien público. Con cierto lenguaje posmoderno se habla de desarrollo sostenible, pero cómo puede ser sostenible el desarrollo si este se basa en la productividad  industrial y empresarial, sobre y con  el consumo de los recursos naturales que no se renuevan para sí, ni en sí, acaso será renovable el agua contaminada, puede serlo pero en lluvia ácida. 

Se consume agua potable y se vierte agua contaminada, se consume suelo bueno y se degrada y contamina con químicos, se consume aire bueno y se deteriora y contamina.

Es imposible que el desarrollo sea sostenible, si se pretende lograr dicha sostenibilidad con el consumo rapaz de los recursos naturales, como el suelo, el agua y el aire, aire que muy pronto empezarán a vendernos, ya que el agua nos la venden desde hace muchos años y además  envasada en botellas plásticas llamadas no retornables, generando un problema adicional de contaminación, de desperdicio e ineficiencia económica y de irresponsabilidad social, promoviendo el concepto de no retornable, (pagando más dinero el consumidor, por un envase que se convertirá en basura y que él está pagando) concepto productivo que resulta arcaico, arbitrario, decadente y torpe,  pero sobre todo, mucho más costoso.

El río, el río Bogotá en la ciudad, el río en la urbe.

Una visión equivocada y corta, cortísima, llevó a conectar de tiempo atrás, todo el sistema de alcantarillado de la ciudad, al río Bogotá, violando los más elementales principios naturales, sin entender que es bio-físico-químicamente,  imposible que un río asimile semejante carga másica, sin llevar a cero sus niveles de oxígeno, logrando que la muerte navegue hacia el río de la Magdalena  y hacia el mar, cada segundo de cada minuto, de cada hora, de cada día; sin permitir que la vida se reproduzca en un ecosistema equilibrado y limpio.

Un río que a pesar de su estado catastrófico, genera inmensa riqueza, ya que se riegan con sus aguas envenenadas, miles de hectáreas de cultivos de hortalizas y verduras, se riegan miles de hectáreas de pastos, para alimentar a miles de vacas que producen miles de botellas de leche, leche que usted y yo tomamos sin que nadie nos garantice la salubridad de estos alimentos, hortalizas que usted y yo consumimos y compramos en cualquier tienda o supermercado, sin que se nos diga con qué clase de agua han sido regadas.

Generación de energía, producción de flores, flores que son vendidas en New York para saciar la ansiedad de la enamorada furtiva y seducida a punta de rosas, claveles y pompones, siete botellas de agua por una flor, una rosa “ESTA ROSA FUE TESTIGO, DE ESTE QUE SI AMOR NO FUE, NINGÚN OTRO AMOR SERÍA” León de Greiff,  producción de cerveza, ocho botellas de agua por una pola y una borrachera y miles de productos industriales que utilizan el agua como materia prima o como refrigerante de sus máquinas, sin que casi nadie se pellizque ante semejante situación, situación que habla claramente de nuestro comportamiento bárbaro y poco  inteligente.

El río Bogotá es un bien público, un bien económico público, es un bien natural que transporta el agua, que además de sagrada, es un derecho humano.

Que las cortes se pronuncien, que los sabios agiten sus pañuelos espantando las moscas que anidan en las sucias aguas del río Bogotá, que los ambientalistas reaccionen y actúen; que dejen de dormir y soñar con ciudades invisibles; que los industriales asuman su responsabilidad social con el río, con sus aguas, ya que todos padeceremos de sed y el agua está podrida; que los poetas naveguen en el buque ebrio construido con botellas plásticas no retornables, ya que el eterno retorno nos arrastrará de nuevo a las mismas aguas en que nos bañáramos desnudos, con la mujer de los sueños; que se agiten los cantores con sus gruesas voces y no permitan que los últimos pájaros concluyan el vuelo inicial hacia la luna. 

¡No más cólera!

¡No más odio!

¡Solo el amor, el viril amor del hombre por su especie y por su semejanza!

¡La audiencia está disuelta!

El sueño de las escalinatas, Jorge Zalamea.

 

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