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Río Bogotá, ¿a quién le duele?, ¿quién lo envenena, ¿quién lo cuida?

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Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrerías y los loteadores de paraísos y nirvanas, también yo he de sentarme de espaldas al río, frente a las escalinatas plagadas de creyentes y obsedidas por dioses vivos y muertos……

El sueño de las escalinatas. Jorge Zalamea.

ANTECEDENTES:

El río Bogotá ha venido en franco deterioro, desde hace más de cincuenta años, pese a los esfuerzos que parecen más bien inútiles, que efectivos y prometedores. Solo basta navegar sus contaminadas aguas, sus negras aguas, aguas que reflejan de manera irónica nuestra medida de civilidad y civilización, para quedar desconcertados y sorprendidos, descubriendo el comportamiento y relación, de los habitantes de la ciudad, empresas, industrias y entidades del estado, (especialmente estas) con el agua. “Agua que no has de beber NO la dejes correr”, expresión popular modificada.

El río Bogotá es reflejo de nuestro comportamiento ciudadano; y del estado, el reflejo de la indiferencia de los sucesivos gobiernos, de su miopía y falta de visión. Existe un desinterés cultural frente a la problemática de contaminación del agua. La sociedad le ha dado la espalda al río, en el sentido contrario de lo que escribiera, pensara y sintiera Jorge Zalamea.

Hay una falta de visión que asombra, una falta de inteligencia que sorprende y una falta de consideración que molesta. Hay un fuerte avance en la contaminación del río, en donde unos contaminan por acción, los que vierten la contaminación a sus aguas y otros que por omisión, permiten que esto suceda.

Basta solamente conocer la magnitud y la cantidad de procesos judiciales que se adelantan en los tribunales, para entender el tamaño del problema, aunque solo algunas acciones populares, prometen algo, pero de manera incierta. Cuando un problema estructural se judicializa en una sociedad como la nuestra, y tal vez en todas, significa que el problema no se va a solucionar nunca, y para eso se judicializa.

La contaminación de los ríos está asociada y arraigada en las sociedades subdesarrolladas, como una cultura y un comportamiento normal, en donde la protección de la naturaleza no es una prioridad, como si lo es el enriquecimiento rápido y fácil, a costa del sobre aprovechamiento y explotación no racional, de los recursos naturales, cosa que resulta también un comportamiento ilícito. 

Nada garantiza que mientras avanzan las acciones judiciales, las apelaciones, las demandas, las contrademandas, las componendas, los arreglos, las veedurías, los comités de verificación, los pactos de incumplimiento y muchas cosas más, el río Bogotá obtenga una mínima mejoría, un pequeño beneficio, de hecho los fallos de los tribunales a favor del río, no han tenido ningún efecto positivo para él ni para la ciudad.

El río Bogotá está en emergencia ambiental y ecológica y debe dársele prioridad estratégica para no terminar siendo negligente ante la historia, ante los dioses protectores de semejante maravilla que es el agua, el agua limpia, que es en definitiva la vida misma.

Podemos decir que la competitividad de una ciudad moderna, se mide por la calidad de sus aguas y el estado de limpieza y sanidad de su río, por la cantidad y calidad de servicios ambientales que 

pueda ofertar, esto en las ciudades que tengan el privilegio de tener uno. Un río sano es un valor agregado para una sociedad, es calidad de competitividad, si esto es verdad, entonces… ¿Qué pasa masa……?

El valor agregado negativo, él menos del más, del río Bogotá, es su estado de envenenamiento, el valor agregado positivo de una ciudad sostenible es su río limpio.

Estamos hablando del agua potable para una ciudad de más de 7.000.000 de habitantes, agua para satisfacer las necesidades de miles de empresas, agua para la producción agropecuaria y la oferta de alimentos, agua para la generación de energía, agua para una ciudad a la que están llegando de manera permanente más desplazados, por el conflicto interno que vivimos y que tiende a crecer, como en otra época crecían las audiencias frente a las escalinatas, agua que se ha convertido en un servicio ambiental, que bien manejado genera mejoramiento de la calidad de vida y desarrollo sostenible.

Es posible que se revierta esta situación y los habitantes de Bogotá nos veamos en la obligación de desplazarnos, buscando con añoranza el archipiélago vertical, acercándonos al mar y alejándonos de la montaña, del páramo en donde nace el agua y vive el señor aguacero. Haber fundado una ciudad a los 2.600 m.s.n.m, puede haber sido una equivocación estratégica.

La falta de control permanente del cuerpo físico, la falta de información, conocimiento y socialización del mismo y la falta de visión, contribuyen en mucho a la contaminación como carga social y cultural, que hace más grave el problema de la ecología del río.

Se consume agua potable y se vierte agua contaminada, se consume suelo bueno y se degrada y contamina con químicos, se consume aire bueno y se deteriora y contamina, siendo esto, producto de un comportamiento cultural insostenible, que no hace otra cosa que 

perpetuar el subdesarrollo. Es imposible que el desarrollo sea sostenible, si se basa la sostenibilidad en el consumo indiscriminado de los recursos naturales, como el suelo, el agua y el aire.

Una visión equivocada y una falta de planificación estratégica llevó a conectar de tiempo atrás, (desde hace más de 50 años) todo el sistema de alcantarillado de la ciudad, al río Bogotá, violando los más elementales principios naturales, sin entender que es biofísico-químicamente, imposible que un río asimile semejante carga másica, sin llevar a cero sus niveles de oxígeno, logrando que la muerte navegue hacia el río de la Magdalena y hacia el mar, cada segundo de cada minuto, de cada hora, de cada día; sin permitir que la vida se reproduzca en un ecosistema equilibrado y limpio, generando riqueza y no perpetuando la pobreza.

Estas mismas palabras pueden decirse hoy y coinciden perfectamente con esta solicitud hecha en 1952 por el ingeniero Jorge Forero Vélez, refiriéndose al “proyecto de alcantarillado para Bogotá.” 

Un río que a pesar de su estado catastrófico, genera inmensa riqueza, ya que se riegan con sus aguas, miles de hectáreas de cultivos de hortalizas y verduras, se riegan miles de hectáreas de pastos, para alimentar a miles de vacas que producen miles de botellas de leche, leche que usted y yo tomamos sin que nadie garantice la salubridad de estos alimentos, hortalizas que usted y yo consumimos y compramos en cualquier tienda o supermercado, sin que se diga con qué clase de agua han sido regadas.

Generación de energía, producción de flores, siete litros por flor, producción de cerveza, ocho litros de agua por una pola y miles de productos industriales que utilizan el agua como materia prima o como refrigerante de sus máquinas, sin que casi nadie se pellizque ante semejante situación, situación que habla claramente de nuestro comportamiento poco inteligente, falto de visión y sobre todo falto de generosidad con nosotros mismos y con las generaciones inmediatas.

El discurso de decir que esto es para nuestros hijos, no lo consideramos válido, tiene más validez, decir: para nuestra generación, no tenemos por qué excluirnos del deseo colectivo de bienestar, no tenemos por qué sacrificarnos. A no ser que pensemos que ya es demasiado tarde y que el cauce quede como camino para conducir sus putrefactas aguas al río de la Magdalena y por esa vía al mar caribe.

El río Bogotá es un bien público, un bien económico público, es un bien natural que transporta el agua, que además de sagrada, es un derecho humano.

Con todos estos argumentos y experiencias en el conocimiento, se necesita un mayor respaldo de la academia, la ciencia, la investigación, la pedagogía, la unión de la fuerza de la inteligencia, la cooperación, la participación de todos, pero como prioritaria, la participación constitucional del estado, independientemente del gobierno que esté ejerciendo el poder por representación democrática, importante la participación del sector productivo, que es beneficiario del uso del agua; a mayor uso incondicional y mayor impacto negativo, mayor responsabilidad.

Que las cortes se pronuncien, que los sabios agiten sus pañuelos espantando las moscas que anidan en las sucias aguas del río Bogotá, que los ambientalistas reaccionen y actúen; que dejen de dormir y soñar con ciudades invisibles; que los industriales asuman su responsabilidad social con el río, con sus aguas, ya que todos padeceremos de sed y el agua está podrida; que los poetas naveguen en el buque ebrio construido con botellas plásticas no retornables, ya que el eterno retorno nos arrastrará de nuevo a las mismas aguas en que nos bañáramos desnudos, con la mujer de los sueños; que se agiten los cantores con sus gruesas voces y permitan que los últimos pájaros concluyan el vuelo inicial hacia la luna.

“¡NO MÁS cólera!
¡NO MÁS odio!
¡SOLO el amor, el viril amor del hombre por su especie y por su semejanza!
¡LA AUDIENCIA está disuelta!”

El sueño de las escalinatas. Jorge Zalamea.

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