Cruzada para recuperar el pez capitán

Cuando usted piensa en preparar su almuerzo, difícilmente va al supermercado y compra “pez capitán de la Sabana”. Y es de esperarse, porque esta especie endémica del altiplano cundiboyacense, que solía ser el principal alimento para los pobladores de Suesca, Fúquene, Guasca, Tominé y La Copa, hoy está en peligro de extinción a causa de la contaminación de las aguas del río Bogotá y sus afluentes.

  

Las transformaciones que han sufrido los cuerpos hídricos producto de los procesos industriales de las curtiembres, junto con el uso de herbicidas, fungicidas y otros químicos utilizados en los cultivos y lecherías, casi han desaparecido al pez, que en algún momento fue de gran importancia para la comunidad indígena muisca.

 

Fue este el motivo que llevó a investigadores de la Universidad Nacional y la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (UDCA) a unirse en una investigación que avanza desde hace dos años con la intención de conservar y repoblar con la especie.

 

Para lograrlo se hizo una caracterización genética del pez, la cual permite conocer cómo y en qué condiciones se encuentra en diferentes zonas del altiplano. “Si son genéticamente iguales podremos hacer el mismo repoblamiento en todos los lugares, pero de lo contrario no se pueden mezclar, porque se debe mantener la diversidad genética. Este es un proceso que requiere de responsabilidad. No se puede soltar cientos de estos animales en cualquier lugar sin ningún control”, explica Camilo Prieto, profesor de zootecnia de la UDCA.

 

Adicionalmente se hizo un estudio de biología reproductiva para conocer los hábitos reproductivos de este animal y el estado de madurez de sus gónadas. Los resultados arrojaron que el pez capitán “se reproduce durante todo el año, aunque con picos más altos durante la temporada de lluvias de marzo a mayo y las de noviembre. Por esa razón se implementó un programa de reproducción en cautiverio. Allí, a través de un proceso llamado inducción hormonal, se les dan hormonas para que se logre la reproducción y así obtener las larvas”, dice Miguel Ángel Landines, profesor del programa de zootecnia de la Unal.

 

Como los peces pasan de un ambiente natural a un laboratorio, hay que hacer la inducción con hormonas para lograr el objetivo de maduración, que dura entre dos y tres semanas. Al momento de la ovulación se obtuvo una cantidad considerable de ovocitos y semen para realizar la fertilización in vitro. Sin embargo, cuando por fin las larvas nacieron, al cabo de una semana fallecieron.

 

Según explica Prieto, “cuando nacen tienen un saco vitelino que les transfiere la madre y les sirve como reserva de alimento durante cinco días. Al sexto día deben empezar a consumir alimentos externos por su cuenta y es ahí cuando fallecen. De 5.000 embriones que se obtuvieron, el 60% nació, pero luego el 100% murió”. Como la intención es recuperar la especie, ahora los expertos deben entender y estudiar cómo es la formación del tracto gastrointestinal del pez capitán para seguirlos alimentando y así aumentar la reproducción de los mismos.

 

Por ahora, los investigadores siguen trabajando para lograr una producción en cautiverio con fines de conservación, pero además esperan generar conciencia, “pues no se puede intentar salvar a la especie de su extinción mientras las industrias y la población siguen contaminando las fuentes de agua. Podemos echar mil pescados a los ríos, pero si no se cuidan nuevamente van a desaparecer”, asegura Landines.

 

Fuente: El Espectador 

 

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