¿Cómo ganar cuando todos pierden?

¿Cómo ganar cuando todos pierden?
Año de publicación: 2011

 

 

Prólogo


Afuera repiqueteaban las malas noticias. La desestabilización, enemiga de la tranquilidad de los hogares, de la confianza que hace posibles los proyectos, avanzaba poderosa aplastando sueños, ilusiones, futuros. Crisis, crisis, crisis, repetían los titulares en las pantallas y en el papel.

 

En medio de eso, hacía años que no encarábamos ningún proyecto juntos cuando volvió a reunirnos una propuesta que nos llegó para resucitar un viejo iniciativa conjunto, una agencia de inteligencia, especie de tanque de pensamiento para observar problemas de empresas, gobiernos, personas, y localizar oportunidades, salidas, dentro de los aparentes callejones ciegos.

 

Los “socios” que nos convocaron no fueron lo que parecían, por lo cual el encuentro, en lo que al proyecto de nuestra agencia de inteligencia se refiere, no pasó a mayores. Pero sirvió para que nos reuniéramos algunas tardes a observar cómo el mundo se iba oscureciendo, por qué las tinieblas avanzaban sobre la mirada de las personas, cómo crecía la incertidumbre volviéndose llanamente miedo y, poco a poco, pánico.

 

Con el paso de los días comprendimos que ni los chinos veían ya la oportunidad aquella que asocian al ideograma que habla de crisis.

 

Sólo oscuridad. Y la crisis, que comenzaba aparentemente como hipotecaria, derivaba en financiera, en un cáncer que se tragaba los valores de las bolsas y de ahí en más hacía metástasis invadiendo progresivamente todos los órganos de la sociedad en que vivimos.

 

Nos dijimos: para superar a un enemigo, lo primero es comprenderlo. Quitarle los velos al problema es, siempre, el camino más corto para superarlo; significa encontrar allí senderos hacia las famosas oportunidades aquellas de que hablaban los viejos chinos.

 

La tarea requería cierta osadez, revolver en la basura de la información confusa hasta encontrar los restos que explicaran el naufragio, descubrir señales, recuperar poesía, reinventar el deseo, romper paradigmas, rasgar el discurso ideológico que no nos deja ver más allá de nuestras narices. Y, como no nos gusta revolcarnos en el drama más que por ese pequeño tiempo en que uno disfruta conociendo, hacerlo con humor.

 

¿Por qué nos adentramos en este terreno fangoso? Por buena voluntad. Por una especie de acto de afecto hacia todos, para invitar a recuperar la memoria del saborear el mundo, que es el primer paso hacia digerirlo y poder nutrirnos por un lado, y evacuar los restos por otro, para que los procesos de la vida sana sigan. Para invitar a dejar de tragar entero lo que parece que es lo que hay. Y ver que hay más. Y hay menos.

 

El experimento de hacerlo a cuatro manos no era fácil. Pero sonaba divertido. Lo encaramos como un primer ejercicio anticrisis, para demostrarnos que se podían hacer las cosas de otra
forma. Como practicando una terapia para adelgazar egos. Romper la inercia marcada por la experiencia de cómo se supone que debe ser, y ver qué ocurría. Nos distribuimos la investigación de los temas y acordamos que uno de nosotros editaría finalmente el trabajo,
ensamblando miradas y observaciones.

 

Cuando comenzamos sabíamos que no sabíamos para dónde iba la cosa. Por eso decidimos componer el libro como una sucesión de “aproximaciones” al tema. Nos dijimos: si queremos saber hacia dónde ir, lo primero es saber dónde estamos parados. Y ese fue el comienzo. Lo siguiente fue preguntarnos por qué estábamos allí, cómo habíamos llegado a ese punto. ¿Estamos en esta situación porque lo elegimos, o simplemente lo aceptamos? ¿O, de formas que no comprendemos, porque nos llevaron a eso? Y en ese caso, ¿quién? Porque ¿acaso no somos libres en nuestras decisiones?

 

¿O estamos tan condicionados que ya no lo somos? Esto último, por algunas señales que indicaban una especie de intención global de distraernos, de embolatarnos. Ese tipo de paranoias que quizás no lo son tanto, como recordaba aquella máxima que decía “a los paranoicos también los persiguen”.


Sacamos afuera todas las incertidumbres, las limpiamos para verlas bien, las pusimos al sol, indagamos en las ramas y en las raíces, observamos los abonos que nutrían los miedos, que atontaban, que frenaban, que inmovilizaban. Casi con una reverencia al viejo Freud llegamos a la conclusión de que en el origen de la crisis había un grave problema de estreñimiento cultural, una profunda conducta retentiva. Y decididos a resolver el estreñimiento colectivo, a ayudar a evacuar, en medio de los horribles olores que fueron apareciendo avanzó este libro-laxante, construido en la confianza de que el estado ideal para salir de un problema requiere estar ligeros, livianos, sin nudos de miedo atascados en los intestinos.


El resultado, utilizando una metáfora más agradable, es algo así como un llavero donde hay llaves que abren puertas diversas para que entre el aire fresco que nos permita entender que en la comprensión de lo que ocurre es donde comienza el camino hacia la superación de lo que no se quiere. Si el mejor ciego es el que quiere ver, aquí el lector encontrará llaves de todo tipo que invitan a explorar los ojos de las cerraduras más cerradas.

 

Así como las ciruelas ayudan a evacuar, según Sade, estas páginas tienen la firme intención de facilitar la expulsión de aquellas tinieblas que nos tienen mal. Y en esa medida son, humildemente, nuestro aporte terapéutico para estos tiempos de enfermedad.

 

 

Los autores

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